Budismo de Oficina
Escrito por el monje Junzō
Muchas veces, en el imaginario colectivo, se encuentra la idea que para practicar budismo hay que raparse la cabeza e irse a vivir al bosque, aislarse y dedicarse a la contemplación. No vamos a negar que el aislamiento, tranquilidad y un entorno pacífico puede ser, y es, una gran ayuda para lograr un aquietamiento de la mente y su consecuente purificación; sin embargo, no sólo no es un requisito excluyente de la práctica sino que en algún punto llega a limitarla porque el bodhisattva, quien busca el despertar para beneficio de todos los seres, carecerá del cultivo de la paciencia y la compasión necesaria para el objetivo. Luego, se puede practicar budismo aun en la oficina (o cualquier otro tipo de trabajo mundano, vale decir) y en la vida cotidiana “normal” en general, no sólo eso, sino que hacerlo de manera consciente promoverá la buena armonía en la comunidad respectiva pues no se trata de acciones o empresas heroicas -no se descartan por supuesto- sino de realizar aquello que a cada uno le toca con generosidad, amabilidad, compromiso y responsabilidad construyendo con esa actitud humilde un mundo mejor, que será no más que la consecuencia de la corrección en el obrar de todos.
Ocurre que muchas veces caemos en el error de considerar la práctica como aquél momento específico y concreto donde nos sentamos a meditar o estudiar algún sutra (enseñanzas de buda o sus discípulos) o shastra (los comentarios), al punto que incluso recientemente me preguntaron, en una conversación casual, que cuánto tiempo le dedicaba por día a lo cual respondí, algo mecánicamente, todos los días entre una hora y media y dos, pero automáticamente me di cuenta que mi respuesta no era cierta, o no lo era en parte. Es cierto que ese es -más o menos- el tiempo de la meditación ritual, pero la verdad, es que “me lleva” todo el día porque cada cosa que haga la realizo con la mente puesta en las enseñanzas del Buddha haciendo el esfuerzo constante de que tanto mis pensamientos, palabras y acciones corporales, estén de acuerdo con ellas.
A destacar este punto es que se dedican estas líneas.
En efecto, fue el propio Buddha quien dio pautas precisas para la vida cotidiana al enseñar las diez malas conductas o, si se formulan positivamente, los diez preceptos lo cuales no son mandamientos, en el sentido que le asignaría rápidamente el pensamiento occidental típico influido por las religiones de tradición judeo cristiana, sino que se parecen más a una prescripción médica donde se aconseja determinadas conductas (los preceptos) para sanar una enfermedad (el sufrimiento).
Ahora bien, volviendo al ejemplo de la práctica en la oficina, uno tendría que desarrollar tales actividades sosteniendo la atención plena para no caer en alguna de esas diez acciones, cuya dificultad para unas u otras dependerá de las inclinaciones y capacidades de cada uno, pero que no obstante pareciera, al menos en principio, que por lo burdas son las del cuerpo (no matar ni dañar, no tener una conducta sexual inadecuada, no tomar lo ajeno) aquellas que se presentan más sencillamente evitables para quien así se lo propone, sin un gran esfuerzo de atención. Habría dos razones: no es de lo más habitual estar en situaciones que acerquen a alguna de ellas y, del otro, son conductas donde los límites pueden considerarse bastante precisos; no obstante, nuevamente ello depende de cada uno también.
En cambio, no ocurre lo mismo con aquellas de la palabra: mentir o decir falsedades, lenguaje violento, generar conflictos (lo que en Argentina llamamos llevar y traer, esa conducta consistente en decir en un lugar que en tal otro se dice tal cosa de aquí y viceversa) y mantener conversaciones sin valor, triviales o que sencillamente no van a llevar a nada. Estas sí que son situaciones, lamentablemente, a las que el “practicante de oficina” se va a ver expuesto en lo cotidiano y donde los límites no los va a tener tan claros pues fácilmente un análisis o comentario sobre el desempeño de un compañero puede convertirse en una crítica vacía, incluso en quienes tiene a su cargo realizar tales evaluaciones, en lugar de un estudio constructivo que permita mejorar; o una pequeña reunión de equipo, devenir en un duelo de improperios, sarcasmos e ironías hirientes, en vez de un intercambio de ideas que permita el crecimiento, confianza y camaradería entre sus miembros; cuando no, directamente, la mentira como medio de eludir responsabilidades o evitar hacerse cargo de errores; ni qué decir del generar disenso a partir de circular dichos de un lado a otro, muchas veces disfrazado de “información” o cuestiones que hacen al funcionamiento de la oficina.
En cualquier trabajo que agrupe personas van a estar constantemente tales riesgos, lo que nos diferenciará como practicantes será el estar atentos con qué, cuándo y cómo se dice cuando las obligaciones laborales, o las circunstancias, nos lo exigen y cuando, contrariamente, callar e incluso apartarnos frente al supuesto en que nos quieran incluir en tales conversaciones y no tengamos las herramientas para desactivarlas.
Quedan las últimas tres de las diez, las mentales: codicia o avidez, malevolencia u odio e ignorancia. Como estados mentales serán muchas veces las que estarán detrás de las anteriores y, por derecho propio, causales directas de infelicidad al estar siempre disconforme con la situación laboral, queriendo más, pretendiendo ascensos o reconocimiento, incluso de un mal desempeño por ejemplo, cuando se toman decisiones o se realizan las tareas no de conformidad con lo que corresponda según el caso, sino por un prejuicio o directamente odio o malicia.
Por último, además de evitar este tipo acciones, ya desde un punto positivo la práctica en la oficina consistirá en desplegar los cuatro métodos de atracción o de persuasión, el cattvari saṃgraha vaśtu (véase un análisis en la entrada, “Cómo mostrar el Camino del Dharma a los demás”, de Asho), que consisten en las acciones de los Buddhas y Bodhisattvas para atraer y guiar a los seres por el camino del Dharma, pero que en nuestro trabajo habitual nada impide que las ejerzamos mostrando así el verdadero cambio de conducta en el que consiste la práctica del budismo: ser amables tanto con nuestros compañeros como con el público o trabajadores de otras áreas con quienes tengamos que vincularnos, hablar con respeto y consideración aun cuando al otro le esté constando entendernos, sin perder la paciencia (habla amable, skt. priyavacana); ser generosos con nuestro conocimiento y habilidades, en lugar de guardarlo celosamente para beneficio propio (generosidad, skt. dāna); trabajar con empeño y sinceridad, de forma que nuestro trabajo resulte verdaderamente significativo brindando beneficio, tanto a uno mismo como a otros (acciones útiles o de beneficiencia, skt. arthakṛtya); y sobre todo, trabajando juntos, ayudando a otros con su trabajo, no establecer jerarquía inútiles, demostrando, aun cuando a uno le quepa algún cargo de autoridad, que es simplemente un rol que le toca desempeñar que pero que “no se le caen los anillos” por tener que realizar una tarea “subalterna” (trabjar juntos, cooperación, skt. samānarthātā), enseñando o ejerciendo el cargo o función con el ejemplo en lugar de con directivas e imposiciones, en síntesis, intentar guiar de manera horizontal y no verticalmente como fácilmente puede ocurrir para quien esté en alguna tarea que implique dirigir o estar a cargo de un grupo.
Por lo tanto, volviendo al punto de partida, esta es la práctica de un budismo vivo, que puede desenvolverse en el medio de lo mundano para aliviar a las personas del sufrimiento, no es necesario “escapar” a ningún bosque, solo hace falta mirar a quien tenemos al lado.
Monje Junzō