Escrito por el Monje Junzō
Resulta muy habitual a ensalzar -sin reservas o matices- la supuesta honestidad de una persona e, incluso, en muchos casos es una gran motivo de orgullo para la misma presentarse como alguien que “no tiene pelos en la lengua”, que va a decir las verdades que considera han de ser dichas “caiga quien caiga”; sin embargo, podríamos preguntarnos hoy, en tiempos, ya no de medios masivos de comunicación, sino de viralización en redes con un poder de daño muchas veces incalculable, si una tal honestidad es realmente una verdadera conducta virtuosa o si, detrás de ella no se esconde simplemente, consciente o no, crueldad, egoísmo, falta de escrúpulo y podría agregarse un largo etcétera. Sin pretensión de responderla, dicho interrogante nos fuerza a las siguientes reflexiones.
Como practicantes, laicos/as o bikkhus/bikkhunis (monjes/as), tenemos un compromiso con la verdad porque si nuestro esfuerzo en la senda supramundana consiste en observar las cosas tal y como son (sabiduría de la observación) e ingresar en la talidad, realizarla por sí mismo/a para morar en el dharmadhatu (cuya traducción literal bien podría ser ámbito de la verdad), desde un punto de vista mundano deberíamos no faltar a ella a través de nuestras acciones verbales, campo específico de los preceptos de no mentir, no usar lenguaje agresivo, no hablar banalidades ni generar conflictos (lo que en Argentina llamamos llevar y traer)aunque también puede -y debe- honrarse la verdad mediante las mentales y corporales.
Desde este lugar, a primera vista, pareciera que la honestidad no admite concesiones en tanto que principio rector de nuestra conducta; pero solo a primera vista, porque también esta debería estar dirigida por la práctica de la generosidad, la compasión y la benevolencia, a la par se nos enseña a no dañar a otros, a no tener malicia ni ser mezquino.
Entonces, volvamos a preguntar: ¿es siempre la honestidad una virtud?, so pretexto de ser una persona “brutalmente honesta”, ¿tenemos que brindar cualquier información, dar cualquier opinión o decir cualquier cosa que uno catalogue como cierta?, sólo considerar cierto algo (e incluso existir una convención de que así lo sea, esto es, que desde el punto de vista del lenguaje habitual y cotidiano así pueda considerarse) ¿podría a la postre utilizarse como “bill de indemnidad”, como paraguas protectorio bajo el argumento de que simplemente se estaba diciendo “la verdad”?.
Pareciera que no, que no es suficiente si nada bueno ni útil va a salir de ello, mucho más si alguien puede salir dañado de la contingencia. Día a día, particularmente en redes sociales y en programas donde supuestamente se brinda “información” -aunque no pasan del mero alimentar el cotilleo y la vulgaridad por el simple placer de hacerlo- se califica, opina, considera, juzga, etc. utilizando como razón suficiente que se está diciendo la verdad, lo que habilitaría -obligaría incluso para algunos- a dicha persona, a comunicarlo como si de ello dependiera algo más que no sea su propio ego, amor propio y apego por la validación (yo sé esto, este dato es mío, yo lo dije primero); si bien tales son los ejemplo por antonomasia, no debe perderse de vista que muchas veces tal es nuestro obrar en la vida cotidiana, en nuestras relaciones sociales habituales del tipo que ellas sean y en diferentes ámbitos de nuestro quehacer diario: ¿es necesario decirle a la pareja, una amistad a un compañero o compañera algo que pueda dolerle o algo que uno sabe solamente porque ello es verdad y la verdad hay que saberla y tiene que ser dicha?
Muchas veces la virtud pareciera estar en otro lado. El llamado comúnmente Sutra del Loto, uno de los más importantes textos del Mahayana, entre muchas parábolas, contiene aquella de la casa en llamas: aquí una casa se está incendiando y tres niños están muy entretenidos jugando sin darse cuenta del peligro que corren, por lo que no escuchen ni prestan atención ante la alarma y advertencia del padre quien, temiendo por la vida de sus chicos, como recurso (medio hábil) les dice que si salen ahora mismo, afuera van a encontrar sus carruajes y juguetes favoritos y así genera por fin la reacción y logra que salgan de la casa en llamas antes de que colapse. Tras contar la historia el Buddha le pregunta a la audiencia si se podría considerar un mentiroso al padre (más adelante relata otra parábola donde un padre simula estar al borde de morir para hacer que sus hijos tomen una medicina y hace la misma pregunta) y demuestra así que la virtud aquí está en otro lado, donde la honestidad como valor en sí mismo pasa a un segundo plano frente a la compasión, la benevolencia, el amor al prójimo. Entonces hay veces que pareciera mejor callar verdades cuya manifestación carece de valor y otras, incluso aunque excepcionalmente cuando esté verdaderamente justificado, faltar conscientemente a ella si la situación lo amerita y en pos de un valor que, en las circunstancias aparezca superior tal y como demuestra la parábola citada. Como cualquier otro fenómeno, dependerá de sus causas y condiciones.
No pretendemos dar respuestas que no tenemos ni simular una sabiduría que nos falta, sólo invitamos a ser críticos, a ejercitar el análisis y el discernimiento en cuestiones morales que se presentan prima facie como indiscutidas e indiscutibles y, finalmente, a seguir el consejo de quien sí las tiene, nuestro maestro el Buddha: “No tengáis secretos y no digáis cosas que molesten a quien las oye”, ¿a qué nos referimos? Pues, monjes, a que si se sabe de un secreto que no es cierto, verídico ni útil, es mejor no decirlo. Si se sabe de un secreto que es cierto y verídico pero inútil, es aconsejable no decirlo. Si se sabe de un secreto que es cierto, verídico y útil, entonces se puede decir pero cuando sea oportuno. Si se sabe de algo que puede molestar a quien lo oye, que no es cierto, verídico ni útil, es mejor no decirlo. Si se sabe de algo que puede molestar a quien lo oye, que es cierto, verídico pero inútil, es aconsejable no decirlo. Si se sabe de algo que puede molestar a quien lo oye, que es cierto, verídico y útil, entonces se puede decir pero cuando sea oportuno. A esto nos referimos al decir: “No tengáis secretos y no digáis cosas que molesten a quien las oye” (MN, 139 “Sermón en el que se expone lo que da la paz interior”).
Oramos para que todos tengan paz interior, y así el mundo sea un lugar más pacífico.
Junzō