El pasado 15 de febrero se ha conmemorado un nuevo aniversario del parinirvana de nuestro Gran Maestro, el Buddha Śakyamuni, por lo que resulta inevitable no sólo no evocar su figura y enseñanzas en general sino, en particular, aquellas brindadas en sus días finales; de hecho, como practicantes del Shingon, parte de nuestra práctica especial para esa fecha es la lectura y recitación del Sūtra de las Enseñanzas Legadas por el Buddha, su último discurso. Pero no es éste el motivo de estas reflexiones sino sus palabras -literalmente- finales, de acuerdo a como se recogen en el Mahāparinibbānasutta (el Gran Sutra de la Completa Extinción), texto contenido en la Colección de Discursos Largos, el Digha Nikaya (II,16) del Canon Pali, el cual, a diferencia de los sutras a los que estamos habituados, no es en un discurso dado por el Buddha o alguno de sus principales discípulos, sino una crónica, un registro de sus últimos días, su entrada en el parinirvana, los ritos fúnebres y la partición de sus reliquias.
Fue tal su sabiduría que, en la mera apariencia de un simple mensaje de despedida y ánimo a quienes lo rodeaban, condensó aspectos fundamentales de su enseñanza.
“Escuchad, bhikkhus, me dirijo ahora a vosotros: las cosas condicionadas están destinadas a desintegrarse. Practicad con diligencia”. Esto es lo último que dijo y, a partir de ahí, fue haciendo su ingreso progresivo en estados meditativos cada vez más profundos hasta su extinción.
Como primera medida, globalmente, se destaca la humanidad de Śakyamuni; él fue nada más, ni nada menos, que un hombre cuya compasión lo llevó a buscar la manera de erradicar el sufrimiento, y la encontró a través de su propia experiencia y esfuerzo…y la encontró como un caminante encuentra una ciudad perdida la cual siempre estuvo ahí. Es en base a esa experiencia que desarrolla su enseñanza, por lo que ella es repetible por cualquiera que siga su consejo hasta el final: o sea, ni él tiene una naturaleza diferente al resto de la humanidad, ni ésta es un fin en sí mismo, no es un dogma, sino la herramienta para la liberación. No ordenó ser adorado, venerado, ni siquiera reconocido, y puntualizó que lo central no era su persona sino lo que había enseñado, al punto que en los días previos les dijo el “Dhammavinaya que yo he enseñado y promulgado, Ānanda, será vuestro maestro cuando yo me haya ido”.
Ahora bien, ya en lo particular, primero recordó la verdadera naturaleza de la realidad: ella es insatisfactoria (sufrimiento) porque todos los fenómenos son insustanciales, vacíos de existencia inherente, en tanto surgen en dependencia con sus causas y condiciones y, correlativamente, se extinguen cuando faltan, es decir, son impermanentes. Además, como todas esas casusas y condiciones tienen las suyas propias y así sucesivamente, tanto el mundo que nos rodea como las personas existimos en interrelación, interconectados como nudos en una red universal que carece de centro y periferia.
Como segundo aspecto se resalta lo que es más importante: “practiquen con diligencia”. No se trata de tomar como una verdad revelada por él esta visión sobre la naturaleza de la realidad, sino de comprobarla por uno mismo, experimentarla y realizarla; por eso dice, practiquen y no “crean”, “veneren”, “adoren”, “obedezcan”, etc., ya que será la práctica la que conducirá a esa realización sin otra consecuencia, en caso contrario, de continuar arrastrados por las corrientes en el mar del sufrimiento que es el ciclo de vidas y muertes (samsara). ¿Por qué es lo más importante?, porque un verdadero seguidor de Buddha no es quien conoce intelectualmente su doctrina, sino quien se esfuerza constantemente en hacerlas realidad haciendo lo que ha de ser hecho; de la misma forma que no es un cocinero quien estudia libros de cocina, sino aquél que ensucia sus manos con harina.
Ahora bien, ¿practicar qué? Si bien podría responderse de múltiples formas a esta pregunta, no hay palabras más simples que las del mismo Buddha Śakyamuni: “el no hacer ningún mal, la realización del bien, la purificación de la propia mente…” (Dhammapada, v. 183). Esto es: por un lado, el entrenamiento de la conducta (acciones del cuerpo, palabra o mente) pero que no se limita a la abstención de los actos perjudiciales, también comprende el cultivo de actos beneficiosos; y del otro, el entrenamiento en la meditación.
¿Y cómo se lleva adelante práctica? Con diligencia, con esfuerzo. Si en el vehículo de los budas la fe es el motor, el esfuerzo es el combustible que lo moviliza. El Buddha sabía por su propia experiencia que el sendero no es fácil y que el celo que ha de aplicarse es como el de quien quiere prender un fuego frotando dos varas de madera, si se detiene para descansar a cada rato la llama nunca aparecerá. Pero nosotros tenemos una ventaja, sólo debemos caminar el camino, él primero tuvo que descubrirlo y luego recorrerlo. Así que aprovechemos la oportunidad.
Es uno mismo quien debe realizar el esfuerzo porque la salvación no viene dada de afuera, el maestro solo muestra la senda, pero hemos de ser nosotros quienes movamos los pies sorteando cada obstáculo con los estandartes del dharma y la disciplina (vinaya), tal y como Śakyamuni dijo que hagamos tras su muerte.
Por eso, no hay otra cosa que hacer: practiquemos con diligencia.
Monje Junzō
