Todos somos aspectos de una misma realidad única, solitaria e indivisible pero, de acuerdo a las conceptualizaciones guardadas mentalmente, uno superpone sobre aquella distintas características que dan lugar a los diferentes fenómenos individuales. Para usar un ejemplo: si esta realidad fuera un océano, los fenómenos serían sus olas (incluidos nosotros, los seres sintientes y el mundo llamado convencionalmente “objetivo”); aun cuando puedan aparecer con diferentes aspectos, en el fondo no son más que la misma agua salada.
Parte de la práctica budista consiste, precisamente, en romper con ese hábito inmemorial, innato puede decirse ya que venimos arrastrándolo a lo largo de nuestras vidas, y que determina nuestra percepción del mundo, impidiendo así ver las cosas tal cual son; por lo tanto, muchas de las diversas enseñanzas del Buddha, apuntan al cultivo, mediante la experiencia (en el propio cuerpo y no como conocimiento intelectual) de esa igualdad intrínseca, en lugar de focalizarse en las distinciones la cuales no son sino una proliferación de creaciones ilusorias; a aprender a tener una “visión no discriminativa de la diversidad” como decía Asanga, el fundador de la escuela Yogacara.
En definitiva, ese océano es el verdadero aspecto de la realidad toda, por lo cual también lo es de nuestra propia mente que, estimulada por el viento de la objetividad, genera las olas de la discriminación conceptual a las que se apega asignándole una identidad independiente y aislada del resto. Al serenar tales estímulos (aquietar las olas), sólo quedará ese océano tranquilo como un espejo de agua, uniforme, limpio, puro: su mente original rescatada del maremoto de los fenómenos.
Este principio de igualdad primordial, que no aumenta (cuando una ola se eleva, el océano no crece) ni disminuye (cuando la ola rompe se mantiene en él, por lo que no decrece), es la naturaleza de Buddha presente en todos, nuestro despertar original que, como una semilla, si se cuida y cultiva, finalmente florecerá y dará fruto.
Ordinariamente, ella nos permanece oculta por aquella proliferación o superposición conceptual señalada arriba; esto es, a causa de nuestra percepción de los fenómenos que no es más que una ilusión de nuestra conciencia, tal y como un mago crearía su truco (salvando la diferencia de que el mago está en conocimiento de esta circunstancia).
Con esto se quiere resaltar que se percibe el mundo alrededor de acuerdo a la propia mente, es decir, condicionado por diversos hábitos, predisposiciones o tendencias que permanecen latentes, depositadas en nuestra conciencia como consecuencia de nuestras experiencias pasadas (karma), las cuales se actualizan y manifiestan frente a las condiciones adecuadas para ello (por ejemplo, la semilla de la ira brota frente a lo que se percibe como una agresión).
Así, modificando tales hábitos y tendencias, uno tiene la capacidad de “modificar el mundo” en tanto y en cuanto cambia la percepción, nuestra visión de él, y, por lo tanto, nuestra experiencia: en el ejemplo dado, en lugar de ver una conducta agresiva de un otro a uno mismo (de un yo ilusorio a un yo ilusorio), como una agresión personal, entender tal conducta como la mera manifestación del sufrimiento e ignorancia de quien la realiza dando paso, en lugar de a la ira y enojo, a la benevolencia y compasión.
Es en estos cambios mentales donde radica nuestro potencial para la felicidad, en uno mismo, y no en cosas externas que, en el mejor de los casos, pueden brindar placer pero dada su naturaleza impermanente, este será efímero y causal de nuevo sufrimiento.
En última instancia, aceptar el mundo tal cual es y no como queremos que sea, permitirá ese estado de paz interior que puede llamarse felicidad, en tanto es completamente independiente de la dualidad placer y displacer o preferencia y rechazo.
Por lo tanto, ella es un atributo presente en nosotros, dependerá de cada uno hacerlo madurar. Ahora bien, para que ella madure se deben plantar las semillas adecuadas, pues un limón no crece de una semilla de manzano; como se dijo arriba, si nuestra percepción está condicionada por las tendencias latentes que se acumulan en nuestra mente, tal y como un campo se siembra con semillas, habrá que cuidar la calidad de éstas mediante la constante vigilancia de una conducta correcta del cuerpo, habla y pensamiento, como condición de la misma.
Monje Junzō