Tomar Conciencia sobre nuestra Vestimenta

El vestir es una herramienta que acompaña al ser humano desde tiempos pretéritos. Nació probablemente por la necesidad de cubrir el cuerpo con ropajes para evitar el frio o protegerse del sol, luego diversificó con los estilos, necesidades, materiales y técnicas de cada cultura. Sin embargo, la evolución del vestir a través de los siglos se ha direccionado cada vez menos a cubrir una necesidad y se ha desviado mucho más a intentar representar quienes somos, casi como una segunda piel.

Los estudios dicen que entre el año 2000 y 2014 la producción de ropa se duplico y los consumidores empezaron a consumir un 60% más de prendas y usarlas solo la mitad del tiempo que periodos anteriores. Un ejemplo de esto son tendencias modernas como el llamado FastFashion o moda rápida. Básicamente es la producción en masa de millones de prendas de baja calidad para ser usadas por poco tiempo y desechadas con rapidez atendiendo los caprichos de la moda constantemente fluctuante. Esta tendencia está produciendo desastres ecológicos como el del Desierto de Atacama en Chile, donde cerca de 60.000 toneladas de ropa han sido desechadas sin ningún tipo de control ni escrúpulo, ropa que tardaría más de 200 años en degradarse y que aún entonces dada su composición en base a materiales sintéticos produciría una gran masa de microplástico contaminante. Este tipo de industria también ha precarizado la condición de miles de personas que trabajan hasta la extenuación en fábricas funcionando al límite de lo legal, muchas veces por una compensación realmente muy baja.

Nuestra relación con la ropa.
En este, como en otros temas, el problema no radica en el objeto en sí, en este caso la ropa, sino más bien en la relación que tenemos con el objeto. Nada hay de malo en el uso de ropa, en preferir uno u otro tipo de vestimenta o en buscar una de mejor calidad. El problema comienza cuando le atribuimos a la ropa algo que no forma parte de sus características y que por lo tanto no nos pueda dar. La ropa por sí misma no puede darnos seguridad, felicidad, belleza, la ropa no puede por sí misma transformarnos en alguien distinto, “el habito no hace al monje” y más importante aún, la vestimenta, como todo fenómeno, existe en co-dependencia de otras condiciones, por ejemplo un smoking de tela fina y buena marca puede ser elegante y adecuado en una fiesta formal y podríamos pensar que por sí mismo hace de nosotros personas elegantes y distinguidas, pero este mismo atuendo seria incomodo y ridículo en medio del amazonas.

Un buen habito es preguntarnos a nosotros mismos si realmente necesitamos aquello que por alguna razón ansiamos tener. La avidez por poseer objetos o experiencias materiales es un impulso expansivo, cuanto más experimentamos el objeto de nuestro deseo menor es la satisfacción que este nos brinda, mayor es la avidez que nos provoca y por lo tanto mayor también es la cantidad que necesitamos.

La moda difunde como discurso la promesa de hacernos personas únicas y felices, de representar “quien realmente somos” pero la profunda realidad de quienes somos está cubierta de capas superpuestas, siendo nuestra apariencia una capa más. Cuanto menos nos identificamos con cada capa más cercanos estamos a nuestra naturaleza verdadera.

Se suele pensar que una buena actitud es no darle valor a las cosas materiales, pero un pensamiento más correcto sería “darle su justo valor a cada cosa”. Una buena forma de practicar esto es darse el tiempo de escoger que tipo de ropa necesitamos y en qué cantidad, reparar lo que aún puede ser usado, reciclar las que no pueden ser reparadas y así darles una nueva vida útil. De esta forma podremos relacionarnos con el vestir de una forma más consciente.

Monje Rinsei

Los comentarios están cerrados.

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑