No Son las Personas, Son sus Faltas

            Asistimos en la actualidad a un constante bombardeo de agresiones, reacciones, susceptibilidades heridas y un largo etcétera de emociones a flor de piel dispuestas a explotar ante la más mínima influencia que active nuestros exagerados sentimientos de amor propio generados por las falsas nociones de “Yo”, “Mío” y el orgullo. De esta forma, hasta pequeños intercambios de opiniones o punto de vista se perciben como afrentas personales que debido a ello pueden escalar a peleas, discursos violentos y aun a ataques físicos cuando no, en el caso de estados soberanos, directamente en guerras; sin embargo, el Buddha enseñaba el carácter ilusorio del yo y, por lo tanto, la separación con “el otro” cuyo necesario correlato es que mío, tuyo o el orgullo de sí mismo son conceptos que pierden el sentido. Luego, deja de tener sustento el carácter personal con el que muchas veces nos tomamos las cosas en nuestra vida cotidiana.

            No son las personas, son sus faltas. Expliquémonos.

            En una oportunidad, el Buddha se encontraba enseñando sobre los cuatro nutrientes (o alimentos; se llaman así a estas cuatro condiciones que sirven especialmente para la continuidad de la vida personal) para mantener a quienes ya existen o para asistir a quienes lo harán: la comida para el cuerpo físico y, para la mente, contacto como condición especial de las sensaciones, la volición para la conciencia y, a su turno, la conciencia para la individualidad (el nombre-forma).

            En eso le preguntan quién consume el nutriente “conciencia”, lo que se puede reformular en quién se alimenta de la conciencia; como respuesta, expresó que esa no es una pregunta válida, porque él no afirma que “alguien consume”, si afirmara tal cosa sí lo sería, pero que no lo hace, él no habla así; en cambio si le preguntaran ¿de qué es condición el nutriente conciencia?, esa sí sería una pregunta válida, cuya respuesta válida es “La conciencia es condición para la producción de una nueva existencia; cuando aquello que tiene que devenir existe, surgen los seis sentidos y con éstos como condición, el contacto”. 

            Entonces, su interlocutor le vuelve a preguntar quién hace contacto a lo que el Buddha, de manera similar, responde que no es una pregunta válida, que la pregunta válida sería ¿con qué como condición surge el contacto? cuya respuesta es que con los seis sentidos como condición surge el contacto y, con éste, la sensación. Este ciclo de preguntas y respuestas se produce con la sensación y con el deseo, pudiéndose sintetizar así: ¿quién siente?, yo no dije “alguien siente” sino que con el contacto como condición surge la sensación y con ésta el deseo; ¿quién desea?, yo no dije alguien desea sino que con la sensación como condición surge el deseo y, con éste como condición, surge el apego y así con los demás factores de la cadena de surgimiento dependiente (del apego, la existencia; de ésta, el nacimiento; de éste, la vejez y muerte, la pena, el dolor, lamentación, displacer, desesperación, tal es el origen de toda esta masa de sufrimiento). Esta es una extracción del Moliyaphaguna sutta, por el nombre de quien hacía las preguntas, que se encuentra en la Colección de Discursos Agrupados por Tema del canon pali (Saṃyutta Nikaya 12,12).

            Volviendo a nuestras reflexiones, e independientemente de la enseñanza sobre la cadena causal, lo que queremos destacar aquí es la lógica empleada por el Buddha al reflexionar en torno a la realidad fenomenológica: dado esto, surge aquello y no, como habitualmente lo hacemos, alguien me hizo tal o cual cosa, me ocurrió tal o cual otra. Habituar la mente a este tipo de análisis posee un gran efecto terapéutico en el sentido que brinda sosiego y aplomo al bloquear el carácter personal con que vivimos; es una despersonalización de las circunstancias mediante la cual podemos observarlas con cierta distancia en lugar de tomarnos “todo tan a pecho” como se suele decir.       

No es un ejercicio libre de esfuerzo, pero de gran beneficio, pues hará que las relaciones entre los diversos seres sean más pacíficas, armoniosas y agradables; de la misma forma en que aceptamos que de día brilla el sol y de noche la luna, lo haremos con nuestras relaciones interpersonales cuando comencemos a preguntarnos, cuáles son las condiciones de las acciones físicas, verbales o mentales de alguien: en lugar de “tal me gritó”, poder ver que ello no es más que un efecto de la ignorancia, que le produce inseguridad y que ésta lleva a elevar la voz como forma de validarse; en lugar de “tal es violento”, dada la ignorancia (específicamente, en el caso, de la existencia interdependiente en todos los seres), surge la diferencia, dado ésta surge la aversión, con esta el odio que puede desencadenar en actos violentos.

            Porque el Bodhisattva sabe que nos son las personas, sino sus faltas, es que no se desalienta frente a la ingratitud: sabiendo que ellos están siempre gobernados por sus falencias, el sabio no encuentra falencia alguna en los seres, sino que piensa “su conducta inapropiada ocurre contra su voluntad”, con este pensamiento aumenta su compasión por los seres. Así lo afirmó Maitreya, el Buddha por venir, en el Mahāyānasūtrālaṃkara (El Ornamento de los Sūtras del Gran Vehículo), uno de sus textos que dictara a su devoto Asaṅga.

            Instamos a todos quienes se preocupan por un mundo mejor, a realizar este ejercicio y, antes de reaccionar ante cualquier estímulo, intentar percibir que el mismo no es más que un efecto producto de una causa, de la misma forma que un objeto se cae por la ley de gravedad.

            Deseamos que así todos puedan lograr paz interior y, de esta forma, el mundo sea algo más pacífico.

Monje Junzō

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