El agua derramada no puede volver a levantarse

Existe un antiguo proverbio chino que dice “el agua derramada no puede volver a levantarse”, el mismo tiene un sentido bastante similar a lo que muchas veces aquí decimos como lo hecho, hecho está; de esta forma se sintetiza que las consecuencias de nuestros actos no pueden deshacerse, aunque ciertamente muchas veces así lo queramos,  como si nada hubiera sucedido.

            Como humanos que somos, muchas veces, en nuestro relacionarnos con otro, y podríamos decir que en cualquier tipo de acción también, cometemos errores que puede causar sufrimiento o dolor a los demás, lo cuales, por definición -si no, no serían errores- carecen de la intención de dañar, sin embargo, inexorablemente producen ese efecto aun cuando tengamos el coraje y la humildad de pedir disculpas.

            Ante esa realidad, podemos sentir culpa, sentimiento que el Buddha enseñaba que era completamente inútil por contraposición al arrepentimiento, que implica el reconocimiento de nuestro mal obrar y el compromiso a intentar no volver a hacerlo. Tan es esto así que, valga la digresión, si pedimos perdón por culpa (que no es más que vana lamentación o la autocomplacencia en el dolor propio), la conducta estaría contaminada por el ego dado que la verdadera motivación detrás de ella no sería aliviar a la “víctima” sino a uno mismo; a la inversa, cuando el arrepentimiento es genuino, la intención es la de hacer saber al otro que uno ha reconocido que obró mal y que se esforzará en no hacerlo más, o sea, se disculpa con generosidad, para beneficio del otro y no del propio.

            Entonces, retomando el hilo de las reflexiones, si nuestra conducta impacta en otros de esa forma, donde un sincero perdón podrá en el mejor de los casos aliviar o amortiguar ese impacto pero nunca eliminarlo, deberíamos practicar no tanto el hábito de disculparnos sino el de evitar dañar.

            Claro que en nuestra falta de sabiduría esto es verdaderamente difícil y falible, pero tal vez sea por ello que valga la pena más que nunca intentarlo, por el bien de los demás, el cual correlativamente será el nuestro al mejorar nuestro mundo alrededor.

            Ocurre que nuestra conducta, mientras no nos liberemos mediante la culminación del camino de los buddhas, se encuentra condicionada por las kleśas: esta es una palabra sánscrita que se puede traducir, entre otros términos afines, tanto como contaminaciones como aflicciones, en el sentido de que es todo nuestro bagaje mental, todos nuestros hábitos, que oscurecen (y oscurecimiento es otra traducción posible) la sabiduría inherente que todos poseemos; así, en lugar de ver las cosas como son, las percibimos e interactuamos con ellas de manera distorsionada por esas contaminaciones y es por esto que, aun sin intención, muchas veces somos agentes del sufrimiento ajeno pero también del propio.

            ¿Cómo surgen estas contaminaciones (que polucionan nuestra sabiduría innata)? Lo hacen bajo tres factores: cuando la tendencia latente de determinada aflicción no está destruida, cuando aparece un objeto favorable a su surgimiento y, ante esa situación, la falta de una profunda atención (conf. Asaṅga, Abhidharmasamuccaya, II.1 sección segunda).

            Ahora bien, si la segunda escapa a nuestro control y la primera es propia de avanzados grados de práctica, lo cierto es que la tercera, la atención plena a nuestra conducta del cuerpo, habla y mente, es la herramienta que impedirá que, aun frente a objetos que agiten nuestras tendencias latentes (las impresiones que todas nuestras experiencias pasadas van dejando acumuladas en la mente), no se exteriorice ninguna conducta que aun sin quererlo dañe a otro; para dar un ejemplo que no por lo banal deja de ser gráfico: una persona golosa ante la presencia de comida deseable, se abalanza sobre la misma de manera voraz; una vez ocurrido esto, podrá disculparse, pero ya no habrá más comida porque, parafraseando el proverbio del título “la comida que se come no puede ponerse nuevamente en el plato”.

            Si hubiera estado atento, se hubiera percatado que en él surgía el deseo por esa comida y que si se abalanzaba sobre ella hubiera avergonzado a sí mismo y sus acompañantes, o hubiera dejado sin comer a otros, etc. Incluso la práctica llevará a que, también gracias a la atención, esa agitación sea apaciguada rápidamente. Ella será la valla, el muro que se interpondrá entre el impulso producto de los dos primeros factores y la acción, primero la del cuerpo o la palabra (o sea, hacia afuera) y con el tiempo incluso la del pensamiento.

            Por lo tanto, mientras no eliminemos las tendencias latentes de las aflicciones donde el estímulo del mundo objetivo caerá en saco roto, evitar el error en nuestra conducta impone tener firme la rienda de la atención para guiar el caballo desbocado de nuestra mente. Si bien cuando falle esto será un aliciente disculparse con quien sea que hayamos ofendido, y aliviará indudablemente la falta, pero las impresiones de ellas no se borran.

            Como enseñaba Śakyamuni, “no veo una sola cosa que, cuando no está desarrollada y cultivada, trae tanto sufrimiento como la mente. Una mente sin desarrollar y sin cultivar, trae sufrimiento” (Anguttara Nikaya, 1.29).

            Por lo tanto, mejor a disculparse es estar atento.

Monje Junzō

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