Muchas veces, como practicantes de budismo, nos han hecho una pregunta más o menos en este sentido: Ah, practicantes budistas ¿ustedes creen en la reencarnación no?.
La respuesta rápida y simple a ella sería “sí pero no, no pero sí”, lo cual dejaría a nuestro interlocutor cuanto menos sorprendido, ni que decir de su confusión; no obstante, ella no dejaría de ser válida pues no hay una respuesta absoluta en sentido afirmativo o negativo, mas merece algunas precisiones para evitar su desconcierto, y ese es el motivo de las siguientes reflexiones.
En primer lugar, el término reencarnación debería ser descartado en el sentido de que implica, o lleva inherente, la concepción de la existencia de una sustancia (un Yo) que va encarnando en distintos cuerpos a lo largo del tiempo; sin embargo, el Buddha enseñaba que todos los fenómenos -seres sintientes incluidos- están vacíos de sustancia propia por lo que, “ningún fenómeno pasa de este mundo a otro mundo, y sin embargo la muerte y el nacimiento se manifiestan. Oh, gran rey, se llama muerte a la desaparición de la última conciencia; se llama nacimiento al surgimiento de la primera conciencia. Oh gran rey, en el momento de su desaparición la última conciencia no pasa a ningún lugar; en el momento de su surgimiento la primera conciencia que forma parte del nacimiento tampoco viene de ningún lugar. Si se pregunta ¿por qué?, en razón de la carencia de ser propio” (Āryabhavasaṃkrāntināmamahāyānasūtra, El Noble Sūtra del Mahāyāna denominado La Transmigración de la Existencia).
Ocurre que la conciencia no es más que uno de los cinco agregados del apego (skandhas), que junto a los otros cuatro (materia o forma, sensación, percepción y volición), forman ese cúmulo que denominamos individualidad, pero ésta no se encuentra ni en todos ellos juntos ni en cada uno por separado, ni en alguno en particular; simplemente, debido a las correspondientes causas y condiciones, se reúnen y permanecen -más o menos- durante el lapso temporal al cual llamamos “la vida de alguien” desde nuestra perspectiva ordinaria pero, nuevamente, no pasa de ser una construcción a partir de un conjunto de agregados presentes a un mismo tiempo y en un mismo lugar.
Por eso, e incluso a sabiendas de que puede faltar a la exactitud, tal vez se acerque más y sea mejor hablar de renacimiento, en el sentido de que en la “nueva vida” hay agregados de la anterior que se repiten, pero no hay un ser que vuelva a aparecer, sólo alguno de aquellos reunidos con otros nuevos, ante nuevas causas y condiciones que se dan en el nuevo nacimiento. La semilla no pasa al brote, ni éste al árbol; sin embargo, de acuerdo a cómo sea aquélla, así será éste y su fruto.
De acuerdo a los eslabones de la cadena del surgimiento condicionado, “dado esto, ocurre aquello”: teniendo como condición la ignorancia, surgen los formaciones volitivas; presentes estas como condición, surge la conciencia; presente ésta como condición, surge el nombre y forma (individualidad/ organismo psicofísico); de éstos, las seis bases sensoriales; éstas dan lugar al contacto; que da lugar a la sensación; que da lugar al deseo; que da lugar al apego; que da lugar al devenir; éste da lugar al nacimiento y éste a la vejez y muerte (véase Samyutta Nikaya 12,1). Esta es la forma en que desde los tiempos sin principio gira la rueda del samsara.
En segundo término, el Buddha no enseñaba a creer, sino a comprender mediante la experiencia directa, de las creencias sin someterlas al escrutinio de nuestro raciocinio decía que era como una fila de ciegos que van de la mano, el primero no ve, el del medio no ve, el último tampoco ve (Majjhima Nikaya, 95). Por lo tanto, lo que sí podemos afirmar en el momento actual del cultivo de nuestra práctica, al haberlo comprendido por nosotros mismos, es que la enseñanza sobre el ciclo de renacimientos es una expresión simbólica de los diferentes estados de nuestra mente en diferentes momentos de nuestra vida e, incluso, a cada instante; en tal sentido, mientras no nos liberemos de esa rueda, renacemos constantemente: como asuras (titanes, antidioses, demonios) cuando, por ejemplo, nos enojamos y nos volvemos iracundos; como animales, al actuar sumidos en la ignorancia; como espíritus hambrientos (pretas), cuando somos dominados por una avidez insaciable; como seres infernales, cuando el dolor y el sufrimiento no nos permiten ver más allá; como dioses, cuando actuamos con orgullo, creyendo que somos imparables, que no moriremos, que podemos postergar las cosas por eso. Estos son sólo arquetipos de un estado y, por lo tanto, tampoco se presentan de manera pura o absoluta: cada uno contiene a los demás y se presentan en mayor o menor medida entremezclados, simplemente hablamos de un renacimiento en tal o cual reino de acuerdo al que resulte dominante.
Por último, hay algo más e indudablemente es el aspecto al que le podamos sacar más provecho en nuestra vida cotidiana, cualquiera sea la posición que se adopte sobre el tema: el ético. Tanto simbólica como literalmente, la enseñanza sobre el renacimiento es moral en el sentido de que nuestra conducta actual va a ser la que condicionará nuestro renacimiento (mañana en esta vida, o luego de la muerte en la próxima), serán afortunados si nos dedicamos a la práctica de las virtudes (generosidad, compasión, amabilidad, diligencia, paciencia, altruismo, etc.) y desafortunados cuando nuestra conducta de palabra, cuerpo o pensamiento está guiada por la no virtud (codicia, aversión e ignorancia, como aquellas que dan lugar a cualquier otra que se piense, los llamados 3 venenos).
Por otro lado, ya sea crea o que uno sepa, si hemos de volver constantemente a esta tierra, por fuerza nuestra conducta tiene que dirigirse a la virtud en el sentido de aspirar y aplicarnos a un mundo mejor, cuidar de los seres, del medio ambiente, buscar la paz, etc. pues es nuestro único hogar y, así como nadie quiere irse de viaje y al volver encontrar su casa en ruinas, incendiada, vacía, nadie querría renacer en un mundo así.
Entonces, como mínimo podemos considerarlo como un postulado ético cuya adopción es uno de los tantos medios hábiles que el Buddha despliega en su compasión para la liberación de los seres, en el caso, para perfeccionar el entrenamiento de la conducta (que junto al de la meditación y de la sabiduría, son los tres entrenamientos de la práctica budista) toda vez que va a crear las condiciones para alcanzar estados favorables en esta vida y que cada mañana al levantarnos (renacer) estemos en un mundo más feliz. De la siguiente vida, por ahora no podemos hacer otra cosa que plantar las semillas, como sean éstas serán los frutos.
Monje Junzō