La Mente Ecuánime

En unos de los sutras agrupados en la colección de sermones medios del canon pali (Majjhima Nikāya), Vāsețțha Sūtta (MN, 98), dos jóvenes brahmines discutían sobre cuándo alguien era un verdadero brahmin (relativo a la casta de los brahmanes, considerada la más alta en la India de Buddha), si por puro linaje de ambos padres, por nacimiento, o si por seguir los preceptos morales y obligaciones religiosas, o sea por las acciones. Como entre ellos no se pusieron de acuerdo, le plantearon la cuestión al Buddha, quien para responder que, en definitiva, sólo se puede llamar así aquellos que ajustan su conducta al dharma, comienza explicando la igualdad entre los seres humanos de una manera tan gráfica que vale transcribirla completamente.

Dijo el Tathāgata: “os explicaré poco a poco las cosas, las clases de seres vivientes y su forma de nacer. Primero están las hierbas y los árboles carentes de conciencia, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer. Luego están los insectos, los que vuelan y los que andan, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer. Luego están los cuadrúpedos, pequeños y grandes, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer. Luego están los gusanos, los reptiles y las serpientes, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer. Luego están los peces y demás animales que viven en el agua, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer. Luego los pájaros y demás seres que baten sus alas en el aire, que se diferencian por las características de la especie y su forma de nacer.

En cambio, todas estas diferencias por características de la especie y por la forma de nacer no se dan entre los seres humanos, ni en lo que respecta al pelo, cabeza, oído, ojos, boca, nariz, labios, cejas, cuello, hombros, vientre, espalda, nalgas, pecho, ano, genitales, manos, pies, dedos, uñas, rodillas, muslos, color, voz, en nada se dan las diferencias de especie y forma de nacer que se dan entre otras clases de seres. Nada en los cuerpos hace diferentes a los seres humanos, la diferencia entre humanos es una denominación convencional”.
A partir de aquí, ilustra esto último con ejemplos del estilo, si alguien se gana la vida cuidando ganado, se lo llama ganadero, no brahmín.

En el mundo actual (al menos en occidente), esta verdad se traduce en el postulado jurídico de la igualdad ante la ley, esto es, nadie puede ser tratado de forma diferente por razones de raza, sexo, orientación sexual, edad, nacionalidad y un largo etcétera, conocido por cualquier persona de cultura media en tanto forma parte de diversas declaraciones internacionales de derechos humanos y constituciones nacionales y estaduales; incluso, si saliéramos a la calle y lo preguntáramos al azar, probablemente la mayoría de los consultados estaría de acuerdo con ello.

Sin embargo, aun considerando esto como o una obviedad, debiéramos examinarnos con sinceridad para verificar si, fuera de la consideración en abstracto, es algo que tenemos incorporado al actuar en nuestra vida cotidiana ya sea con acciones del cuerpo, la palabra o el pensamiento; esto es así porque si queremos un mundo sin codicia, sin odio, sin violencia, deberíamos tener un compromiso serio para que no sea únicamente un principio legal, sino una verdadero postulado espiritual que se vuelve tanto más urgente ante la evidencia global de una proliferación de discursos de intolerancia. Cantaba Bob Marley, quien no era practicante de budismo, que «Hasta que una filosofía que sostenga la superioridad de una raza y la inferioridad de otra sea final y permanentemente descreditada va a haber guerra, mientras el color de la piel no tenga más relevancia que el de los ojos… etc. va a haber guerra».

¿Y cómo es que la igualdad se transforma en una realidad viva? Mediante el cultivo de una mente ecuánime. Aquélla es el sustrato donde ésta madura y a través suyo se hace hechos, palabras, acciones, deviene en una realidad palpable, un verdadero fruto de la idea; si así no fuera, la igualdad desde el punto de vista espiritual quedaría en un mero postulado metafísico.

Puede hablarse de dos sentidos, aunque claramente ligados y complementarios, de una mente ecuánime: de un lado, aquella propia de los logros meditativos profundos, donde la mente mora en calma, equilibrada, con constancia de ánimo, lúcida observando los fenómenos de la misma forma que un espejo refleja los objetos; puede decirse que este aspecto está ligado más a la sabiduría.

Del otro, la que nos importa destacar especialmente en esta oportunidad, se encuentra asociada a la compasión y es una verdadera objetividad de juicio, una imparcialidad que no se ve afectada siquiera por el propio ego, la idea de yo o mío, la conducta que asimila como premisa (y la hace espontánea) que no hay diferencia inherente sino que es meramente accidental de acuerdo a las diferentes causas y condiciones: así se elimina el orgullo, porque nuestras virtudes pueden ser las de otros y los defectos ajenos pueden ser los propios y es por esto que el Buddha enseñaba (Satipatthāna Sutta, Digha Nikāya, 22) a aplicar la atención al cuerpo, sensaciones, mente y fenómenos tanto interna (hacia uno mismo) como externamente (en los otros); se genera empatía, porque la situación en que alguien se encuentra hoy, puede ser la nuestra mañana y viceversa; se evitan juicios apresurados, porque, como decía Jesús, con la vara que uno juzga es con la que seremos juzgados, así que mejor no juzgar; y, en general, todos los estados mentales y acciones consecuentes que implican un abandono del egoísmo, como la solidaridad, alegría, etc.

¿Si el sustrato es la igualdad, cuál es su abono? La paciencia. Cuando, en el Samdhinirmocana Sūtra, Avalokiteśvara (arquetipo de la compasión) le pregunta al Buddha sobre cuántos tipos hay de cada una de las paramitas (perfecciones trascendentales), éste responde que tres, en el caso de la paciencia, aquella para soportar el sufrimiento, para tolerar la injuria y, tercero, aquella para ver con sinceridad todas las realidades. Esta última es la herramienta para cultivar la mente ecuánime, ya que es la capacidad para, en cada situación, adoptar todos los puntos de vista posibles en lugar de valorar la situación desde el propio y ello con honestidad incluso para uno mismo, en el sentido de no ser engañado por el propio ego.
La práctica constante de este tipo especial de paciencia, en cada una de nuestras acciones, es lo que permitirá que la igualdad aflore como realidad vida en la conducta y abandone la simple morada de las buenas intenciones.

Monje Junzō

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